Historias de un Linyera

Publicado el 15-11-2010
Por Carlos Guarella

Esta es una historia que comenzó hace casi diez años. Como casi todas las mañanas me encontraba con mi amigo taxista Jorge Barrera, que fue quien me enseñó el oficio y sus secretos. Un recuerdo sentido para él que siempre está presente en mi memoria.

Una vez, tomábamos un café con Jorge en República Árabe Siria y Santa Fe. Mientras charlábamos sobre los altibajos del trabajo, reparé que en un banco de la plaza Intendente Casares, que está en la citada esquina, lindante con el Jardín Botánico, había un señor sentado con la cabeza gacha.

Esta plaza recuerda a Alberto Casares, que fue intendente de la ciudad entre 1902 y 1904 y falleció en 1906. En dicho predio hay una escultura que lo recuerda desde 1936 y el lugar presenta un gran movimiento de niños y ancianos que juegan en las hamacas y a las cartas, ajedrez y dominó sobre las mesas de material, teniendo también un espacio para practicar el juego de bochas.

Aquel día después que Jorge se fue con su auto a continuar trabajando, crucé y me acerqué a ese hombre mayor para preguntarle si necesitaba algo. Me respondió que no y me llamó la atención su mirada serena y el hablar bajo y pausado. Evidentemente por su ropa raída y sus zapatos viejos y sin color, se trataba de una persona que vivía en la calle.

Me despedí de él y continué con mi trabajo.

Pasaron un par de años y una tarde mientras esperaba a un pasajero en la puerta de una casa, volvía a encontrarlo. Bajé del auto, me acerqué y lo saludé. El también se acordó de mi y entonces me comentó que habitualmente estaba en la calle Zapiola y Benjamín Matienzo, junto al paredón de una dependencia de la empresa de electricidad. Me saludó y se fue caminando lentamente, como dice aquel viejo tango: “Arrastrando los fanguyos y arrimado a la pared”.

Un día me acerqué hasta la calle que me había indicado y allí lo encontré. Charlamos bastante en distintas oportunidades y esta es su historia.

El tío Jerónimo, era un viejito macanudo, a él le gustaba que lo llamaran así porque los pibes del barrio le habían puesto “tío” y Jerónimo conversaba mucho con ellos, dándoles consejos y contándoles historias. El había elegido esa forma de vida y la disfrutaba así, viviendo en la calle.

Me contó que tenía setenta y dos años. Había sido abogado penalista e integrante del Colegio de Abogados. Estuvo casado y dos hijos ya grandes y con nietos. Su estudio, una casa en Barrio Norte, propiedad de fin de semana, auto y un buen pasar económico.

Un día falleció su esposa y este fue un hecho que nunca pudo superar. Comenzó a leer a importantes autores y finalmente abrazó la ideología Anarquista. Me contó que había leído a Proudhon, a Bakunin y a Kropotkin entre otros tantos, al igual que a Rousseau y Descartes.

Como consecuencia de todo esto, un día Jerónimo arregló todos sus papeles y documentos, cediéndole todos sus bienes a sus hijos y amigos, con una carta explicando la decisión que tomaría, pidiéndoles que no lo buscaran y con la mínima ropa y unos pocos pesos, se fue a vivir a la calle, haciéndose “linyera”.

Al relatarme esto me dijo que el momento mas difícil fue cuando tomó el picaporte de la puerta, lo apretó fuerte, se quedó unos minutos reflexionando porque una vez que pasara la puerta, ya no habría vuelta atrás. Finalmente abrió y se fue, abandonando todo, pretendiendo salir, según me contó, del “sistema” que lo agobiaba.

Comenzó a caminar y en ese momento sintió como una bocanada de libertad, así recorrió por varios años casi todo nuestro país, durmió en plazas, en bosques, soportando frío, lluvia o calor; viajó a “dedo” o en vagones de carga del ferrocarril, pero como aquello era lo que él quería hacer, lo disfrutó, llevando siempre internamente el dolor por la perdida de Adela, su esposa.

Comió junto a obreros de la construcción u operarios al costado de las rutas. En cierta oportunidad en Santiago del Estero un grupo de peones lo invitaron a compartir comida, en una parrilla había unos trozos de carne redonda, como postas de pescado. Jerónimo comió y luego se enteró que era víbora.

Cuando la gente le daba algunas monedas Jerónimo las guardaba y cuando tenía lo suficiente pagaba en algún Hotel para poder darse un baño y asearse, aunque mas no fuera una vez por semana o cada quince días.

Al cabo de varios años, y ya mayor, se aquerenció en aquella calle de Colegiales, a pocas cuadras de la plaza Mafalda, donde los chicos del barrio lo adoptaron como “el tío Jerónimo”.

En varias oportunidades pasaba a verlo y llevarle algo de comida, como una excusa para charlar un rato con él.

Una tarde llegué hasta la lona que usaba de protección enganchada en la medianera y no lo encontré. Supuse que estaría recorriendo el barrio, tal como era su costumbre, le dejé una bolsa plástica con alimentos y me fui.

Días después unos “tacheros” amigos que también lo habían conocido me contaron que Jerónimo se había muerto, sentado junto a la pared, con los ojos cerrados y con una suave sonrisa en los labios.

Me hubiera gustado darle el adiós final, siempre lo recordaré y hoy que han transcurrido tantos años me decidí a contarles la historia del “Tío Jerónimo”, que de cacique se convirtió en indio.

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Carlos Guarella hace 15 años que es taxista y remisero. Su profesión original es Dibujante, Ilustrador y Diseñador Gráfico. Además es historietista y estudió con maestros del dibujo como Alberto Breccia y Hugo Pratt. También es Maestro Mayor de Obras. Trabajó muchos años como diseñador para importantes laboratorios medicinales, desarrollando literaturas, folletería y packaging. Integró la Asociación Argentina de Promotores Publicitarios y fue editor y director de la revista “Horas de Radio”, un mensuario de 10.000 ejemplares que se vendía en todos los kioscos de Capital y GBA. Fue productor y conductor de varios programas radiales en distintas emisoras y columnista. Sus placeres: manejar automóviles; dibujar, escribir y la hacer radio. Tiene 66 años y el auto que maneja en la actualidad es un Chevrolet Corsa Wagon. Trabaja al volante 12 horas diarias. cware42@gmail.com

Fuente: La Nación
Tomado de Chacomundo 2010

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